Inventos del demonio que tienen vida propia

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El cable común: el cable sólo sabe trabajar en equipo. El cable consciente de que es cable es capaz de fagocitar a compañeros y amigos para conseguir un objetivo único: hacer que pierdas los nervios cuando percibes que la maraña que tienes delante es más compleja que las integrales que estudiaste en BUP. Gomas elásticas, cajas, tiras de velcro… nada sirve, el cable es al caos lo que yo al despiste.

Los auriculares: los puñeteros inadaptados. ¿Cuántos he tenido en mi vida? Más que los años que sumo. De diadema, de botón, in-ear… de mierda, todos de mierda. Porque al final uno de los dos se desmarca o la clavija se planta. Este verano tuve unos cascos que me duraron dos semanas, todo un éxito. Los despedí con tristeza después de que una niña pequeña jugase con ellos a la comba.

auriculares

Los mecheros: ahora sí, ahora no. O tengo 20 o tengo cero. Mi gasto mensual en mecheros es de aproximadamente 15 euros. Lo intenté con cerillas, pero fue todavía peor. A veces –confieso- robo los de los demás. No hay dolo en ese acto, doy mi palabra.

El nombre de usuario y la clave de acceso: ¿Cuántas contraseñas manejas tú? Yo esta historia la empecé bien, hasta que me la complicaron: que si alfanumérica, que si exclusiva, que si una mayúscula, que si en latín, que si… ¡Por Dios! Mi cerebro ha dicho basta, así que he empezado a registrarlas. Son pocas: contraseña del correo del trabajo (general y personal), contraseña de Gmail, contraseña de redes sociales y blog (cinco o más), contraseñas de banco electrónico, pin del móvil, número de tarjeta para el cajero, clave de Itunes y Spoty, acceso al portal web del servicio de agua, código de cliente de la compañía de móvil. ¿Sólo me sucede a mí?

La batería del móvil: esa pedazo de insensata que se borra del mapa en el momento más crítico. De 20 a 0 en un golpe de tecla. Diréis que uso mucho el teléfono, ¿verdad? Pues sí, tengo poca alternativa y no me puedo permitir decirle a un cliente un “no me llames que me consumes la batería”. Falsa donde las haya, a la batería de mi móvil todo le resbala. Siempre ha tenido claro que vino al mundo a ponérmelo difícil, igual que yo tengo asumido que, el día menos pensado, dejo el Iphone en la calzada y le paso no una, sino dos, tres y cuatro veces por encima con la rueda del coche. “Por batería”, le diré.

La impresora: láser, multifunción, Canon, Brother o HP. Todo es secundario si la máquina ha decidido plantarte cara. ¿Quieres imprimir en blanco y negro? Se arranca la de color. ¿Le mandas sacar una página? Ella empieza a tragar papel y a escupirlo por toda la oficina. ¿Tienes prisa? Ella no, ella marca el tempo y quiere que le cambies el tóner. Ni la mires tras pulsar “imprimir”, no le mires el cartucho jamás. Sólo reza para no ver en pantalla “atasco de papel”, “el equipo no se encuentra en la red”, “la tapa de la impresora está abierta” o un simple “no me da la gana y punto”.

impresora locura

Desmotivaciones.

Del Whatsapp y los “k sts aciendo, km te ba la bida” escribo otro día.

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luisaperezpuga

 

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