Cuando fui idiota

¿Vives para trabajar? Eres idiota. Eres tan idiota como lo fui yo: muy responsable, siempre disponible, operativa todo el rato, queriendo convencerme de mi valía, tratando de que otros supieran que las horas ni pasan ni pesan. ¿Para qué? Para no disfrutar mi tiempo de ocio, para llegar a casa exhausta los viernes y no querer más que dormir. Siguiendo un patrón –sin ser consciente- de película americana, olvidando a mi familia y a mis amigos, llegando tarde a reuniones importantes con colegas, dando de lado a todo por llegar al cierre. Nunca más.

Acabé con mi adicción al trabajo hace algún tiempo. Fue preciso, eso sí, que viniese la vida a pegarme un par de golpes en la cara para deshacerme de la presión acumulada desde 2001. Mis socios me ayudaron mucho en ese camino, y también nuestra pequeña empresa, que me encaminó a decir lo que pienso cuando lo considero oportuno y a callar cuando creo que es procedente. In#Rede incluso me está enseñando a echar el cierre en la oficina cuando la jornada laboral llega a su fin.

Hace una década trabajaba como una burra. Hoy trabajo menos horas y rindo más. Hace una década, Ence estaba en plena ría de Pontevedra, muchos catalanes querían independizarse de España y en nuestra ciudad había demasiados pontevedreses de toda la vida. Es 12 de septiembre de 2015 y Ence sigue (y seguirá) jodiendo el paisaje, hay un numeroso grupo de catalanes que quiere la independencia y en Pontevedra coexistimos –todavía- los normales y los que tienen pedigree. ¿Qué pasará en 2025? Habrá pocas variaciones. La 1906 seguirá siendo una cerveza exquisita, los periódicos llevarán Ence en sus portadas, la edición de la Feira Franca será inolvidable y en agosto celebraremos las fiestas de A Peregrina. Trabajando más o menos, en 2025 seguiré siendo testigo de injusticias profesionales, habrá quien nos robe el empleo para desempeñarlo mucho peor que nosotros, otros se aprovecharán de nuestro conocimiento, coexistiremos con terceros con los que será un placer trabajar, y algún cuarto pagará a tiempo y se mostrará agradecido por la labor realizada. Será lo que tenga que ser, pero sin contestar a mensajes a las 2 de la mañana, sin remordimientos al cerrar la puerta de la oficina, a sabiendas de que este cuento que es la vida dura un respiro y yo ya perdí medio en una existencia que no tenía sentido, que no me satisfacía y que no me dejaba tiempo para disfrutar de pequeños y grandes placeres.

Se acabó. Trabajo para vivir, no lo contrario. Porque, a fin de cuentas, las horas que he pasado gratuitamente delante de pantallas son horas en las que no he disfrutado de mi madre ni de las personas que me quieren. Si me quieren, llegado el momento, me han de querer también pobre.

 

Yo te quiero, Iciar Fabro

Yo te quiero, Iciar Fabro Sánchez. Te quiero porque resulta imposible no quererte, porque no somos hermanas pero sí lo somos, porque todo en ti es luz y porque –viva el egoísmo- no imagino una vida sin ti. Yo te debo media vida porque me has visto caer, me ves levantarme y me ayudas a imaginar un mundo mejor. Y te quiero porque esa hija que has tenido con Santi, también mi amigo, es una bendición, una princesa que reina en la república en la que vivo, un estímulo para caminar. Para caminar a vuestro lado siempre. En lo bueno y en lo malo, como tú me has enseñado.

Te quiero, Ichi.

Iciar fabro sanchez y luisa perez puga

Tenemos muchos bailes pendientes. Llegarán…

 

Inventos del demonio que tienen vida propia

El cable común: el cable sólo sabe trabajar en equipo. El cable consciente de que es cable es capaz de fagocitar a compañeros y amigos para conseguir un objetivo único: hacer que pierdas los nervios cuando percibes que la maraña que tienes delante es más compleja que las integrales que estudiaste en BUP. Gomas elásticas, cajas, tiras de velcro… nada sirve, el cable es al caos lo que yo al despiste.

Los auriculares: los puñeteros inadaptados. ¿Cuántos he tenido en mi vida? Más que los años que sumo. De diadema, de botón, in-ear… de mierda, todos de mierda. Porque al final uno de los dos se desmarca o la clavija se planta. Este verano tuve unos cascos que me duraron dos semanas, todo un éxito. Los despedí con tristeza después de que una niña pequeña jugase con ellos a la comba.

auriculares

Los mecheros: ahora sí, ahora no. O tengo 20 o tengo cero. Mi gasto mensual en mecheros es de aproximadamente 15 euros. Lo intenté con cerillas, pero fue todavía peor. A veces –confieso- robo los de los demás. No hay dolo en ese acto, doy mi palabra.

El nombre de usuario y la clave de acceso: ¿Cuántas contraseñas manejas tú? Yo esta historia la empecé bien, hasta que me la complicaron: que si alfanumérica, que si exclusiva, que si una mayúscula, que si en latín, que si… ¡Por Dios! Mi cerebro ha dicho basta, así que he empezado a registrarlas. Son pocas: contraseña del correo del trabajo (general y personal), contraseña de Gmail, contraseña de redes sociales y blog (cinco o más), contraseñas de banco electrónico, pin del móvil, número de tarjeta para el cajero, clave de Itunes y Spoty, acceso al portal web del servicio de agua, código de cliente de la compañía de móvil. ¿Sólo me sucede a mí?

La batería del móvil: esa pedazo de insensata que se borra del mapa en el momento más crítico. De 20 a 0 en un golpe de tecla. Diréis que uso mucho el teléfono, ¿verdad? Pues sí, tengo poca alternativa y no me puedo permitir decirle a un cliente un “no me llames que me consumes la batería”. Falsa donde las haya, a la batería de mi móvil todo le resbala. Siempre ha tenido claro que vino al mundo a ponérmelo difícil, igual que yo tengo asumido que, el día menos pensado, dejo el Iphone en la calzada y le paso no una, sino dos, tres y cuatro veces por encima con la rueda del coche. “Por batería”, le diré.

La impresora: láser, multifunción, Canon, Brother o HP. Todo es secundario si la máquina ha decidido plantarte cara. ¿Quieres imprimir en blanco y negro? Se arranca la de color. ¿Le mandas sacar una página? Ella empieza a tragar papel y a escupirlo por toda la oficina. ¿Tienes prisa? Ella no, ella marca el tempo y quiere que le cambies el tóner. Ni la mires tras pulsar “imprimir”, no le mires el cartucho jamás. Sólo reza para no ver en pantalla “atasco de papel”, “el equipo no se encuentra en la red”, “la tapa de la impresora está abierta” o un simple “no me da la gana y punto”.

impresora locura

Desmotivaciones.

Del Whatsapp y los “k sts aciendo, km te ba la bida” escribo otro día.

 

La concertina Saudade

Saudade es el nombre de la concertina que se encontraron mis parientes emigrados al llegar a Brasil.

Hay miserias con las que nos hacen cargar, como la de intentar frenar con cuchillas la huida del hambre. Asumid otros tal crimen y no me preguntéis si los dejaría pasar a todos. Interrogad al resto, porque yo no albergo dudas: ojalá tal decisión estuviese en mi mano para demostraros que, si de mi dependiese, pasarían: hasta la cocina de mi propia casa.

 

Hazte periodista: si lo superas, juzga

Trabajo rápido: el tiempo es oro. Vengo de la prensa escrita (allí me encontraba entre los lentos) y para mí el reloj apremia siempre: muevo pestañas a gran velocidad en mis pantallas y mientras redacto una actualización en Facebook pienso en que he olvidado llamar a un cliente y aprovecho para tomar notas en un papel. Me cuesta asumir que no puedo hacer frente a decenas de trabajos en una jornada. Es herencia de cualquier medio esa idea que alimentamos a diario, esa de no llegar al cierre. He sido la profesional a la que te has permitido insultar sin saber y estoy cansada de que maltrates a mis compañeros.

Hoy mi trabajo es mi vida, es una apuesta muy seria a la que dedico todos mis esfuerzos. No soy una excepción, no: a ello nos han conducido. Somos muchos los que casi vivimos para trabajar en el mundo de la comunicación, los que recibimos whatsapps de clientes o fuentes en plena madrugada, los que asumimos labores que no nos competen. En nuestros fines de semana, vemos los mismos accidentes que tú, sentimos al presenciarlos la angustia, los nervios y la tensión en el estómago: hay noticias que preferiríamos no contar y, con todo, hacemos frente al esperpento para que la información se publique. El dolor que provoca relatar ciertos acontecimientos es desconocido para el público: si piensas que somos aves carroñeras, te aclaro que es probable que el carroñero seas tú por no ir un poco mas allá y ejercitar tu cerebro. Hay algún mierda que saca partido a la tragedia, sí. La mayoría de nosotros la presencia y le da formato de noticia. Cuando tú eres testigo de un siniestro y tapas los ojos de tu hijo, el periodista hace lo mismo y asume que, en cuestión de segundos, ha de ponerse su mono de trabajo.

Sin periodistas no hay periodismo

Asociación de la Prensa de Madrid.

Elegimos en su día ser periodistas o dedicarnos a la comunicación. Hemos estudiado o nos hemos formado -no sufro titulitis, no- y hemos soportado lo insoportable. Desde hace años asistimos a un proceso de linchamiento de los profesionales de quienes aprendimos: todos a la calle. Yo me vi en el Inem a tiempo de reciclarme. Con más de 50 tacos, es complicado.

Para disfrutar de un par de días libres tenemos que dejar hechas neveras, que son un trabajo cruel. Una nevera, para que lo sepas, es una información que un redactor deja preparada y que no caduca. Permite que el periódico no se resienta porque falta un profesional cuando le toca descansar. Es una imposición más dura que llevarse el trabajo a casa. ¿Las ideas para las neveras llegan por mail? No, no: te las curras unas jornadas antes de marcharte, es decir, las sumas a tu trabajo diario. ¿Conocías la existencia de las neveras? Pues si quieres te cuento más cosas que no sabes.

Aprendemos nuevos formatos cuando nos lo exigen, vamos a ruedas de prensa en las que no se admiten preguntas porque sabemos que hay entre nosotros algún mierda que se vende (en qué oficio no lo hay) y discutimos con todo el mundo a todas horas. Nos toca, además, trasladaros lo bueno y malo de quien dirige el país, la autonomía y el gobierno local. Constituye un auténtico placer escribir o hablar de miseria y basura, claro está. Pensáis que nos encanta, no pensáis en que tenemos alma, nos juzgáis como si fuésemos máquinas. Ni somos máquinas ni pretendemos serlo. Por eso erramos: como cualquier humano.

Algunos somos autónomos, otros tienen salarios de 600 euros al mes. Curramos de sol a sol y nos incorporamos de urgencia cuando lo pide la actualidad, aunque estemos de vacaciones. Somos objeto de presiones, sí, pero tratamos de hacer frente al asunto como podemos. No nos pagan horas extras porque son incomputables. Si nos las abonasen, igual tendríamos el salario que merecemos. Ésa es una lucha perdida, abundan los contratos de media jornada o de seis horas. Estamos para accidentes, incendios y visitas de representantes del gobierno. Si entra un anuncio a las 19 horas, te fulminan la página y has de adaptar tu trabajo a la publicidad sí o sí.

Quizás no sabemos mucho de nada, pero sí un poquito de todo. Sabemos, como mínimo, discernir entre géneros. Patán osado, eso a lo que tú llamas artículo es probablemente una información, y la diferencia es abismal. Nos criticáis por nuestros titulares y, cuando nos queréis corregir porque os sentís capaces, os arrancáis con un gerundio y os despedís con un punto. No sabéis de planillos ni de escaletas. Titular tras redactar 3 ó 4 páginas y atender al teléfono es más que un reto. Currar tras asistir al despido de decenas de compañeros y al cierre de emisoras es angustioso. En Pontevedra, en lineas generales, la prensa se protege y mantiene lazos de amistad: para joder ya hay demasiado bestia opinando.

Hazlo todo y vete a disfrutar de un café cuando puedas. Escucha entonces cómo un notas te juzga, a ti y a tus compañeros. Trata de obviar la afirmación rotunda de alguien que está en un bar y emplea el mismo término para referirse a tu trabajo que para hablar de un tal Kiko, un fulano que pasó por un programa indigno en su día, un fulano que sabe de comunicación menos que mi perra y al que vosotros habéis encumbrado. Cállate si quien te insulta en público abre en la cafetería una revista infumable, lee el horóscopo y elige la pantalla de Gran Hermano en lugar de la que reproduce un informativo. Aprieta los puños cuando cualquiera te habla de periodismo. Cuenta hasta 10 para no perder los nervios, a sabiendas de que un día no aguantarás más. 

No jodas más. Porque va a llegar un momento en el que yo deje de contar hasta diez, decida no apretar mas los puños y opte por callarte de golpe, con un puñetazo en la mesa o tirándote un ejemplar de esa prensa rosa que consumes a la cara. Montaré un numero, pero la paciencia tiene un límite. No jodas porque trabajamos más que tú, no aguantarías nuestro ritmo ni tres días y no tienes conocimiento suficiente como para juzgarnos, así de simple. No jodas porque a veces nos jugamos la vida y, cuando vamos a tomar un café para relajarnos, no queremos gresca: vivimos en una saturación constante y la realidad que tú percibes es objeto de estudio para nosotros, sin descanso. No jodas porque llueve sobre mojado y estamos tocados: nosotros elegimos dedicarnos a esto, sí, pero no elegimos estas míseras condiciones laborales y cada lunes tenemos que oír que Ana Pastor y Jordi Évole son los únicos periodistas decentes del país. ¿Eres consciente de lo que estás diciendo, ignorante? ¿De verdad lo meditas antes de largarlo? No, no lo has meditado. Y si lo has meditado y crees en tu afirmación, has de ir al psiquiatra. Únete al club: muchos de nosotros necesitamos ayuda profesional para seguir cumpliendo con nuestra obligación.

Yo juzgaré tu trabajo en el momento en que sepa cómo ejecutarlo: juzga tú el nuestro y, cuéntame cómo te sientes a las 12 de la noche, cuando acabes tu tarea -si lo logras- y encaras la redacción de un reportaje de dos páginas para que se publique en tus días libres.

En definitiva, no seas imprudente. Si no quieres consumir información estás en tu derecho, pero antes de juzgar a mi colectivo demuéstrame que tienes algo que sumar, algo que valga la pena escuchar. Si tu aportación es hablar de periodismo mientras ves Sálvame, vete a la mierda. Si te cuesta conjugar un verbo, pasa de mí y de mis compañeros. Si un redactor te la jugó un día, refiérete a su persona. Si para ti un off de record es la parte de la grabación de un disco, no merece la pena saludarte. Si no adoras tu trabajo, no estás en mi galaxia. No quiero vivir para trabajar, pero de verdad que tu mundo y el mío son más que distintos.

Si no entiendes algunas bromas, no sabes nada. Si crees que cualquiera vale para esto, no tienes ni puta idea. Si consideras que me vendo no me conoces y,  por supuesto, yo no quiero conocerte. Si crees que cobramos en negro por publicar algo o no hacerlo, mereces que te llame calaña. Si me vas a buscar, no difames con una sonrisa en la cara, porque hay cosas con las que no se juega. Si tratas de engañar a la prensa, prepárate porque tarde o temprano te descubrirá. No es una cuestión de poderes: es ley, en la vida siempre habrá alguien más inteligente que tú. Si crees que eres más importante que yo porque un día te demando información, estás perdidiño: somos igual de importantes aunque hoy tengas un cargo, y no porque sea periodista, sino porque soy persona. Importancia la misma, diferencia mucha: tan mal nos trata la sociedad que se merecería un apagón informativo. Probad a sustituirnos entonces, a ver cuánto tiempo resistís. 

Yo no voy a tolerar más ataques. Nunca los llevé bien, pero  la realidad del sector me duele hoy más que nunca. No tengo que escuchar ciertas afirmaciones. Por muchos de mis compañeros, pondría la mano en el fuego. Probablemente por ti no me jugaría ni el cordón de una zapatilla.

 

“Lo que duele en Pontevedra, duele en Lugo”

Es de noche. Paso por delante del Archivo Provincial, donde Diario de Pontevedra acaba de inaugurar una exposición de portadas con motivo de su 125 aniversario. En la puerta hay un corrillo de gente a la que no quiero ver, así que cambio de acera. Diario de Pontevedra me inspira una ternura infinita, pero no así el Grupo El Progreso. No creo que venir a la ciudad a negociar convenios, participar en saraos y figurar en actos para salir en fotos de portada sean las mejores maneras de luchar por una empresa. La camisa admitiría más sudor.

exposición diario de Pontevedra aniversario

Exposición de Diario de Pontevedra con motivo de su 125 aniversario

En esa noche, ¿ya estaba cerrada la tropelía ejecutada por los delegados lucenses enviados ayer a la calle Lepanto? ¿Ya se sabía cuántos asalariados de Diario de Pontevedra iban a perder su empleo? Tras todo lo sucedido, ¿duele Pontevedra como siempre o duele más? “Lo que duele en Pontevedra, duele en Lugo” es una frase ñoña conocida por todos los que hemos tenido algún vínculo con el medio, que es un enfermo crítico. Los que desde la otra provincia cortan el bacalao solían pronunciar esas palabras ante trabajadores de Lérez Ediciones en una especie de ejercicio de coaching que nunca caló. Nunca caló porque era una mentira en un proceso demasiado doloroso que ya dura muchos años. Recortes salariales, expediente de regulación de empleo, personal bajo mínimos, cambios constantes… El escenario perfecto para cualquier trabajador.

Así que a mí me falta una portada en esa exposición. Me falta la de hoy, 29 de octubre de 2014. Ahí van el titular, antetítulo y subtítulo de la apertura:

Prescinde también de tres becarios coincidiendo con el 125 aniversario de la cabecera

El GRUPO EL Progreso despide de golpe a 7 trabajadores de Diario de Pontevedra

Convocada la huelga en protesta por un nuevo recorte de la plantilla

En otros tiempos, probablemente María y yo habríamos discutido sobre el titular. O no, a saber. Nunca tuvimos grandes diferencias de enfoque la jefa y quien suscribe. Xan podría acompañar la información con una infografía -sí, una de esas que han recibido premios-. Vicente perfilaría la imagen de algún sujeto para la noticia de páginas interiores. Jesús podría encargarse de recabar opiniones sobre estos despidos entre los políticos. La columna de la contra se referiría al asunto y hoy va en gallego: firma Ana López. Mientras tanto, Galocha le da vueltas a la portada en su despacho.

Nada de eso. María y yo no discutimos. Xan no va a abrir el Illustrator. Antón no hace la portada. Vicente no está con el Photoshop. Jesús no va a recabar declaraciones de nadie. Y Ana López no va en la contra: ninguno de nosotros trabaja ya en Diario de Pontevedra. Todos  los despidos me duelen, pero el caso de María Núñez me resulta demasiado difícil de digerir. Faltan también Miguel, las dos Cármenes, María y Violeta, Moncho, Berta, Montse y otros a quienes largaron ayer y no conozco o de quienes se prescindió en los últimos años. Pierdo la cuenta: entre despidos y no renovaciones, es imposible calcular. También es difícil imaginar otros 125 años. Quedan dentro profesionales enormes, pero trabajar en esas condiciones es más que complicado. Ánimo a todos.

 

Vodafone: ¿Les envío mi ropa interior para que verifiquen mi identidad?

Bregar con Vodafone y con el Sergas, dos castigos divinos que han caído sobre mí. Las quejas que presento al Servizo Galego de Saúde casi se escriben solas, pero el caso Vodafone ya me está quitando demasiado tiempo. Así que he decidido postear el último correo que he enviado a la compañía de telefonía. Eso sí, con algunas adaptaciones. (El apartado de la ropa interior sí está incluido en el original).
Buenas noches,
Envío por cuarta y última vez en archivos adjuntos los datos que me han solicitado, sin demasiadas esperanzas de conseguir el objetivo que persigo desde hace meses: que mi línea pase a ser titularidad de una empresa, una Sociedad Limitada. A estas alturas, empiezo a sospechar que la constitución del Reino de Castilla y Aragón fue mucho más sencilla que la ejecución de este trámite.
Ahora, presupongo, alegarán que uno de los escritos carece de firma. Totalmente cierto, pero ese documento rubricado ya lo remití en su día y no tengo a mano el mismo pdf. Para compensar, envío firmado por mí y con sello de la empresa el formulario que se denomina Cambio de titular, que me entregaron en una tienda y en el que constan mi firma y los datos de la sociedad. Dado que el nombre de dicho documento es “solicitud múltiple de cambio de titular”, quisiera creer que serán ustedes más que capaces de poner punto y final a mi solicitud. Permítanme, no obstante, que guarde mis reservas al respecto y utilice el pretérito imperfecto del subjuntivo (quisiera) en lugar del presente de indicativo (quiero). Por su inoperancia, nos es imposible desgravar el IVA de una línea que ha pasado a tener un uso profesional.
Podría mandarles también el resultado de mi última analítica o mis huellas dactilares, pero son documentos que no tengo a mano. Lo que sí tengo a mano es ropa interior, por si es de utilidad en el proceso. Se la puedo enviar limpia o sucia. Claro está que se merecen que saque una prenda del cubo y se la remita tal cual, pero esta opción me obligaría de nuevo a llamar al 123 y a escuchar esa grabación automática que hace aflorar oscuros pensamientos y deseos, impropios de mí. Esa vocecilla me saluda diciéndome que soy cliente platino. Si a mí me llevan al caos, ¿qué no conseguirán con los clientes del tipo canto rodado?
En caso de que no solucionen este asunto con total celeridad, estudiaré el próximo mes la posibilidad de abonar la permanencia restante, que implica pagar 80 euros, y cambiar de compañía. Porque yo dedico las horas que sean necesarias a los clientes de nuestra empresa, pero no a las firmas que, supuestamente, han de ofrecer soluciones y no contribuir a destrozar mis nervios. Tengamos en cuenta que el coste que abono mensualmente a Vodafone no es precisamente bajo y que jamás han tenido ningún problema para cobrar por sus servicios.
Espero sus noticias y espero que lleguen pronto, vía mail o por teléfono. Porque ya recurrí a Twitter por este caso, pero si pasa un mes más sin que podamos desgravar el IVA, lo de Twitter pasará a ser una mera anécdota. No lo tomen como una amenaza, sino como una motivación para trabajar más y de forma más eficiente.
El tono de este mail no es habitual en mí, pero la paciencia de todos tiene un límite que Vodafone ha rebasado. ¿En qué momento les he molestado yo? ¿Cuándo les he robado decenas de minutos de su tiempo, que es lo que me están haciendo a mí? ¿Por qué son ustedes tan inoperantes?
Lo dicho: Si necesitan la ropa interior para realizar comprobaciones sobre mi persona, no duden en pedirla.
 

La Pontevedra más dura: la del PTV que no avanza

Aunque dejen alguna huella, las pesadillas no son eternas. Pasarán. Pero ahora, cuando duermo, cuando logro conciliar el sueño, mi cerebro se desata y me presenta historias difíciles de digerir. Adoro Pontevedra, pero a menudo mi ciudad se convierte en una pesadilla, en un sueño terrorífico.

En una ocasión una PTV me contó que pretendía llevar a la Alcaldía todos los tacones que se le clavaron entre los huecos de pavimentos recién instalados por el Concello. La longevidad de los zapatos o zapatillas nos preocupa a todos, pero aquí puede ser común que quien pierde los papeles calce unos Manolos. Lores puede ser lo que quiera ser (de hecho parece que le gusta ser alcalde), pero para algunos fue, especialmente en su primer mandato, “el doctor aspirina”. “¿Eso de dónde viene?”, preguntaba yo. “De que sólo recetaba aspirinas como médico”, respondían. Eso es, hablando en plata, tenerlos cuadrados y enseñarlos al resto del mundo.

Esa es la chusma que odio de esta ciudad, la que miente, pontifica, insulta y te mira por encima del hombro. El peteuvismo rancio también se entretuvo charlando sobre Teresa Casal en sus cenas. Dijeron de ella de todo: criticaron su ropa, su peinado, sus formas (supongo que por hablar con claridad) y le adjudicaron hábitos ficticios. Supo llevarlo, pero no todo va en el cargo, no. No va en el cargo de nadie ser vilipendiado ni insultado.

Esas tenemos aquí. Plazas preciosas, gente maravillosa y comprometida, algunos empresarios que luchan, personas discretas. Y la chusma de rancio abolengo, pontevedreses que hablan sin saber, que opinan sin estar ni haber estado, que son un lastre para la evolución natural de la ciudad; su odio surge porque el pasado quedó en mero pasado, y la rabia es la muestra de que todavía hay algunos que confían en que apellidarse Batán -que es el primer nombre que me ha venido a la cabeza- es mejor que ser García o Pérez.

Quizás alguien ha de deciros a la cara, algún día, que no tenéis vergüenza si llamáis paleto a quien se expresa en gallego. Explicaros que este territorio no es vuestro, que habéis perdido la batalla. Y, de paso, habría que aclararos que no conviene hablar de lo que no sabéis, es cruel juzgar sin información y escupir veneno por el único motivo de que algún tema hay que abordar en el bar de El Casino. No lapidéis a una persona, colectivo o familia porque hay que buscar conversación. ¿Nadie tiene manchas que tapar? Porque yo acumulo bastantes. Para una convivencia más sana, quizás hay quien debería empezar a borrar la grasa que acumula en el cerebro.

 

A espumear a otra parte: a tu casa

Mantengo largas conversaciones conmigo misma. Es habitual que mi padre forme parte de ellas. Supongo que es lógico: yo era bastante pequeña cuando se murió (9 años) y tengo muy buena memoria para hechos ocurridos en el pasado, así que guardo en una parte de mi cerebro muchas escenas incorruptas con él como protagonista o partícipe. Desde que la responsabilidad de mis actos me atañe a mí, me he encontrado en 1.000 ocasiones preguntándome qué haría mi padre en determinada situación. La respuesta es siempre la misma: Luisa, busca la salida más práctica y decente y no juzgues al otro. De acuerdo, pero hay personas que merecen un comentario en mi blog, papá.

Mi padre, César Pérez Poceiro, era un hombre muy querido. Ya sé que es lo que se suele decir de un padre muerto, pero en este caso no es más que la verdad. Querido por sus familiares, amigos y por quienes estaban en los montes, que era donde él mejor se movía. Ya me gustaría a mí que me quisieran la mitad y que me tuviesen un cuarto del respeto que a él le tenían. Pero todo eso se lo gana uno, no se compra ni se canjea. Mi padre lo tuvo todo para ser un caballero y lo fue. Mi abuela lo educó magistralmente y él se aplicó a fondo. En mis recuerdos infantiles suele presentarse con otro gran caballero, su socio y amigo Manolo Ardao. Los dos, siempre discutiendo entre ellos para hacerse cargo de la cuenta del restaurante. “No venimos más con vosotros”, se decían enfadadísimos. Y al fin de semana siguiente ahí estábamos, los Ardao y los Pérez disfrutando de los pequeños placeres de la vida. Casi siempre en Portugal, casi siempre en todas partes.

Muerto mi padre, Manolo fue amigo de mi madre, su consejero y, en parte, nuestro padre. Él, que tenía mujer, tres hijos y negocio cuando falleció su socio, asumió que debía velar por la viuda de su gran amigo y por nosotros. A veces lo pienso detenidamente e incluso llego a imaginarme a mi padre, antes de morir, pidiéndole que nos ayudase si a él le ocurría algo, porque la fidelidad de Manolo para con nosotros tres no tuvo ningún límite. Se empleó con toda su alma en los mejores y los peores momentos. Y cuando ya merecimos menos regañinas mi hermano y yo no fue más que un auténtico placer compartir con él y su familia un café en Bora y escuchar su “hola, guapa” en la calle, en el garaje o en el acceso al taller.

Es curioso: si pienso en Manolo lloro más que si pienso en mi padre. Cuando enfermó de gravedad no tuve siquiera valor para ir a visitarle al hospital, algo que sí hicieron mi madre y mi hermano. Soy una cobarde de mierda, me hago cargo. Sabía que si Manolo se iba se marchaban con él los momentos más dulces de mi infancia, la certeza de la amistad que perdura siempre y un hombre excepcional, quizás el más íntegro y elegante -con mi padre y abuelo Andrés- que he conocido. Asumir eso es asumir mucho, por lo menos para mí.

A lo que iba. Dos caballeros. Sumados a mi padrino y a mi abuelo Andrés son cuatro. Una suerte tenerlos cerca, una putada que ya no estén. Sigue aquí mi padrino Carlos, que tiene Alzheimer, se parece poco a la persona que fue y me pregunta por teléfono qué ahijada soy. “La de Bora, la pequeña”, le contesto. “Ah, la hija de César –responde- Mucho quería yo a tu padre. Y también a tu abuela Maruja. Qué mala suerte tuvo César”, acostumbra a decir antes de volver a sumirse en sus pensamientos.

Mi padrino, Carlos Caramés, con el mejor amigo y socio de mi padre, Manolo Ardao (dcha).

Mi padrino, Carlos Caramés, con el socio de mi padre, Manolo Ardao (dcha). Manolo fue nuestro padre “postizo” y veló por nosotros cada día tras la muerte de su gran amigo César.

Me pregunto qué harían mi padre, Manolo, mi padrino con sus facultades mentales en plenitud y mi abuelo si presenciasen el deterioro actual de nuestras relaciones, incrementado hasta el infinito por la crisis económica. Qué harían ante la ausencia de escrúpulos, la falta de educación, la indiferencia y el individualismo… pero sobre todo me pregunto cómo actuarían ante quien espumea. Mi padre, si yo espumease, me partiría la cara aún cuando ya son 35 los tacos que sumo. Después me sacaría de su casa por una oreja y me dejaría recapacitar fuera un tiempo, para que el fresco de Bora aclarase mis ideas y para ayudarme a recordar mis orígenes, humildes por una rama y humildes por la otra. Creo que entre todos los millones de defectos que tengo (repito, millones de defectos) no está el de espumear. No tengo motivos, pero aunque los tuviera no iría por ahí fardando de mí misma ante el resto del mundo, porque mi familia me enseñó unas normas entre las que figuran dos valores básicos: respeto y humildad.

Son estos motivos los que hacen que me sorprenda que alguien, antes de dar una rueda de prensa, saque tres plumas Montblanc ante los periodistas, que escribimos más que nadie y lo hacemos con Bic (quizás Pilot a primeros de mes) en libretas de los chinos o agendas antiguas de la Deputación y del Concello. También me causa mala espina el político que, antes de comparecer ante la prensa, sube levemente la manga de su camisa para enseñar un reloj cuyo valor es igual a ocho cuotas de mi hipoteca (o más). Y me sonroja el ciudadano que, a voces en plena calle, anuncia que su hija acaba de llegar de hacer compras en Londres para que todos sepamos que tiene posibles. Lo vocifera en una conversación por teléfono, pero seguramente no habla con nadie más que con su ego. Traje caro, abrigo, cochazo y una mujer florero que todavía a estas alturas consiente que la paseen por la zona peatonal. Ellos tienen más que tú y saben más que tú: de la vida, de tu profesión, de comunicación y de emprendedores. Lo máximo que emprendieron en su historia fue una boda, celebración que les da un margen más que suficiente gestionar la vida de los demás pontevedrinos.

Todo les da igual porque su prioridad es ser motivo de las envidias ajenas. Que hablen de ellos en los círculos de poder de la capital; otros escapamos de las conversaciones ajenas y de las envidias: yo sólo necesito que me quieran e incluso que se apiaden un poco de mí en los días en los que la lío parda, que son 30 ó 31 en cada mes.

Aún liándola parda y sin querer espumear, he de decir que vivo en Pontevedriña pero tengo algo de recorrido. Algunos viajes que me han abierto los ojos y que me han hecho ver el elevado índice de raquitismo mental del Primer Mundo. Nos he observado a nosotros, los ricos, con suma pena tras oír historias ajenas que me han ayudado a hacer esfuerzos por comprender. Y creo que hoy entiendo más que ayer. Pero no, no consigo hacerme cargo de la estulticia de algunas personas. El que espumea no ha salido de esta provincia, no, o sólo lo ha hecho físicamente. Tal vez sea mejor: no andes por ahí diciendo de dónde eres, no vayan a pensar que la tontería es contagiosa y dejen de venir a saludarnos a los de Pontevedra, que en general somos una gente de puta madre. ¿O no?

 

Por mi padre, por mi madre y por mí

Cestona, fachada del balneario

Fachada del balneario de Cestona. Foto de Scribacchina.

Mi madre ya ha llegado a Cestona. Me pregunta entre risas una chica que la conoce, al contarle que se ha ido de viaje, si será capaz de relajarse en el balneario. Le digo que sí: mi madre es capaz de relajarse si las condiciones acompañan, soy testigo. Lo que nunca conseguirá es dejar a un lado su forma explosiva de andar por la vida, y yo se lo agradezco: porque perdería mucho de su encanto y porque buena parte de su manera de ser es la mía, con la diferencia de que me aventaja en varias décadas de experiencia y de que es mucho más capaz que yo (en todos los sentidos); así que me gana en cualquier aspecto en el que nos midamos, aunque jamás lo hacemos porque sería como comparar a Tachenko con Torrebruno y, entre otras cosas, nos falta tiempo para eso.

Hablo de ella porque ayer me tocó llevarla a Redondela, donde tenía que subirse al tren. Hemos vivido un par de días ajetreadas, porque siendo yo su hija es plenamente consciente de que, a su regreso, puede encontrarse:

  • La casa quemada por cualquier motivo.
  • La pecera sin peces y el gallinero sin gallinas porque al único animal al que estoy acostumbrada a alimentar es a Indira. Si es por mí, yo casi ni como. (Que conste que me deja el congelador lleno de platos suculentos, non vaia a ser o demo).
  • Sin puerta en la habitación del baño, porque se me puede ir la cabeza, soy muy capaz de dejar la estufa encendida tras ducharme, la puerta queda demasiado cerca del aparato, se quema la madera y arde. (Esto ya pasó con mi hermano como protagonista principal. Por suerte sólo llegamos a la fase “se quema”. Lo cierto es que mi hermano las ha hecho muy grandes, pero eso daría para otro capítulo).
  • Con los diarios de 12 días delante de la puerta. Me gusta repasar el periódico por la mañana, pero como a veces falla el repartidor, hay días en que ni siquiera salgo para comprobar si está o no está. Así que me voy a trabajar con lo puesto y, muchas veces, con la camisa del revés.

A su regreso mi madre también puede encontrarse, directamente, que en lugar de una estructura habitable hay en su finca un hueco tipo cráter. Cualquiera que me conozca un poco sabe que es algo que, por cualquier circunstancia, podría llegar a pasar. Porque me pasan cosas como éstas:

  • En un mes pierdo dos o tres veces las llaves. (Las de casa y las de la oficina).
  • Voy al cajero a sacar dinero y me voy sin él, olvidándolo en el cajetín de la máquina.
  • Saco dinero del cajero, agarro la pasta con la izquierda, el comprobante con la derecha y  mantengo el móvil entre el hombro y la cabeza para poder explicarle algo a un cliente. Al rato paso por un contenedor, al que vuelvo al galope dos minutos después porque, Oh my God!, en lugar de tirar el comprobante he lanzado dentro el dinero. Acabo metida dentro de un gran aparato de plástico lleno de basura a la vista de un nutrido grupo de habitantes de Pontevedra, una ciudad que si por algo se caracteriza es por la discreción de su gente.
  • Si ligo con un alguien es:

A) Prófugo de la justicia.

B) Preso de una cárcel que está de permiso penitenciario. (Y me lo cuenta alegremente mientras estoy pidiendo una copa en un pub).

C) Le falta una parte de la cara.

D) Tiene más problemas que yo.

E) Es una mujer. (Respeto absoluto, pero no estoy interesada).

En fin, sobre mis ligues no hablo más. Sobre mi bienestar durante la ausencia de mi madre confiemos en la asistenta, que vive al lado. Porque está M. Carmen cuidando de la casa, cuidándome a mí, cuidando a los peces y a las gallinas y cuidando del mundo en general. Sin ella mi madre no se iba ni a Cestona ni a Pontevedra a tomar un café.

Pretendía, cuando empecé a escribir esta entrada, hablar del lujazo que me supuso, ayer por la mañana, que fuese mi madre quien condujese su coche hacia la estación de trenes de Redondela y no yo. Pero llevaba tiempo sin publicar y tenía cosas que contar.

Vuelvo al caso: ayer en el coche mi madre se dedicaba a adelantar acontecimientos (otra cosita que yo he heredado de ella y que se me da de lujo):

Marisa: “No llegamos al tren. No llegamos por el atasco que hay por los colegios en Pontevedra”.

Luisa: “Mamá, son las 8.30 de la mañana. Tú como maestra sabes que  los alumnos entran a las 9…”

A estas alturas da igual: mi madre sigue a lo suyo y ya no hay quien la pare:

Marisa: “Yo tenía que haber madrugado más, porque el que llevamos delante no sabe conducir, porque siempre cabe la posibilidad de que haya una explosión nuclear que retrase mis planes y porque los semáforos están en rojo. Y esto -con el esto se refiere a la vida en general, supongo- sólo me pasa a mí. Eso sí, tampoco me pasa más”.

La última frase “…esto sólo me pasa a mí. Eso sí, tampoco me pasa más” es muy típica de mi madre. Yo se la he copiado, pero sólo la primera parte y con otro espíritu: el sentido general de su frase es positivo (se traduce en un “esto no me vuelve a pasar porque voy a poner los medios para que no vuelva a ocurrir”); el mío suele ser derrotista: “esto sólo me pasa a mí y me pasará de nuevo mañana, el mes que viene y en 2040 si llego allá, así que ya me puedo dar por jodida de por vida”.  (Yo estos términos tan gruesos, salvo en días como éstos, no suelo usarlos. Es más, la frase se la escuché por primera vez a mi amiga Maruxa y, de graciosa, se me quedó grabada. Pero vamos, que no voy diciéndola por ahí, sólo la pienso de vez en cuando, es decir, todos los días).

No quiere decir que mi madre consiga que esto que “sólo me pasa a mí” no le pase de nuevo, pero su planteamiento es mucho mejor que el mío porque implica acción y decisión por parte del sujeto pensante. ¿O no?

Imagen de luisa, césar y marisa

Bella estampa familiar. Mi hermano no quiso mandarme esta foto ayer, creo que algo se temía… pero una tiene sus contactos. Tarde piaches, se siente.

Vuelvo al relato inicial: mi madre seguía con lo suyo (que de verdad que no era poco), y yo tuve un momento de calma como ocupante de un vehículo (sin móvil, sin ordenador, sin tableta), sólo con su voz de fondo cuando pasamos por la localidad de Cesantes. La de ayer fue una mañana espectacular, podéis creerlo. La foto no consigue reflejar la belleza del día, entre otras cosas porque yo no soy fotógrafa.

Mariscadoras en la localidad de Cesantes, en la ría de Vigo

Mariscadoras en Cesantes. Espectácular imagen en la ría de Vigo, cerca de la Illa de San Simón y con el puente de Rande al fondo.

Como os digo, vi este panorama en el trayecto de ida. En el de vuelta, que hice sola, paré el coche, me bajé para sacar la foto y pensé algo similar a esto. Ahí queda, para los restos.

Algunos indecentes me jodisteis el mes de octubre y ni siquiera fui capaz de tener un momento para mí y para disfrutar de una vista como ésta. Noviembre no va a ser igual por más que os lo trabajéis. Porque sé que soy un desastre para muchas cosas, un verdadero desastre. Es más: soy un desastre para todo aquello que no tenga que ver con el trabajo y -creo- con la amistad. No soy más que lo que cuento en esta entrada de mi blog. Pero hay ciertas realidades con las que todavía puedo. Y voy a poder con todos los que me lo estáis poniendo cuesta arriba. No juro porque no creo en nada, pero os doy mi palabra de que no me vais a joder las vistas de lo que queda de noviembre: os la doy por mi padre, que ya no está aunque sigue estando; por mi madre, que cooming soon; y por mí, sobre todo por mí.